Koora (del gr. territorio) Linax

" Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara." (Epílogo de -El Hacedor- Jorge Luis Borges)

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domingo, 12 de julio de 2015

La celda de própero. Recuerdos de la isla de Corfú. Lawrence Durrell


En algún lugar entre Calabria y Corfú el azul empieza de verdad. A lo largo del trayecto por Italia avanzas por un paisaje muy domesticado; todos los valles están trazados según la pauta del arquitecto, magníficamente iluminados, a escala humana. Pero cuando dejas las tierras llanas y desoladas de Calabria y te adentras en el mar, adviertes un cambio en el corazón de las cosas, adviertes que el horizonte empieza a desteñir en el borde del mundo, adviertes que las islas surgen de la oscuridad para recibirte.
Por la mañana te despierta el sabor de la nieve en el aire y, al subir por la escalerilla, te encuentras de pronto inmerso en la penumbra que proyectan las montañas de Albania -todas coronadas por un casquete de nieve-; piedra desolada y arisca.
Una península desgajada cuando aún estaba al rojo vivo y que han dejado enfriar en una antártida de lava. Adviertes no tanto un paisaje que sale a recibirte, invisible, por encima de esas millas azules de agua, sino más bien un clima. Entras en Grecia como se entraría en un cristal oscuro; la forma de las cosas se hace irregular, se refracta. Los espejismos, de pronto, se tragan islas y, mires donde mires, la cortina temblorosa de la atmósfera te engaña.
Otros países tal vez te permiten descubrir sus costumbres, sus tradiciones, su paisaje; Grecia te ofrece algo más duro: el descubrimiento de ti mismo.

Lawrence Durrell escribió este libro en Alejandría, tras la caida de Grecia y su huida a Egipto vía Grecia. Una mezcla de tristeza y de nostalgia abrumadora lo llevó a poner por escrito lo que supo de una isla que durante varios años fue su hogar y que, en aquellos oscuros inviernos de 1941 y 1942, temió no volver a ver en su vida. En aquel tiempo, esa sensación se tenía de toda Europa, pues las victorias de los ejércitos alemanes eran apabullantes y la respuesta de las democracias desgarradas por el socialismo, muy débil. Y aunque al final se consiguiera derrotar a Hitler tras quince años de guerra, ¿qué vendría después? Europa ya estaba sentenciada y, con ella, Grecia. ¿Y qué se podía vaticinar de aquella mancha resplandeciente en medio del mar Jónico que en aquellas fechas era el objetivo diario de la aviación italiana?
Emprendió la tarea de recordar sus bellezas antes de que se apagaran en su mente y dejaran de iluminar los poemas que estaba escribiendo. En Alejandría, un hospitalario comerciante griego puso a su disposición una excelente biblioteca de obras de consulta, que él utilizó, más que como apoyo, como provocación a la memoria, corrigiéndose a sí mismo para que su libro no fuera sólo una evocación poética, sino también una especie de guía del lugar.

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